La Gorda y su pandilla

La Gorda y su pandilla somos una página donde amamos y motivamos la adopción de gatos en situación de abandono.

Nunca pensé que un gato viejo, con las articulaciones hechas polvo, me arañaría hasta sacarme sangre solo para salvar un...
21/01/2026

Nunca pensé que un gato viejo, con las articulaciones hechas polvo, me arañaría hasta sacarme sangre solo para salvar un trapo que olía fatal.

Era el último día del vaciado. El piso de mi padre, en Madrid, estaba casi vacío. Las estanterías ya desmontadas, los libros metidos en cajas, y el suelo de madera devolvía eco con cada paso. Olía a polvo, a papel antiguo y a ese olor dulzón y raro de enfermedad que se queda pegado a las paredes, como si la casa lo hubiera aprendido de memoria.

Yo iba en automático. Lista mental: entrega de llaves el martes, dar de baja los suministros, el cambio de dirección. Las emociones no entraban en ese plan. Para eso ya habría tiempo. Ahora tocaba ser práctico.

En una esquina del dormitorio quedaba un último montón de ropa, de esos que iba a meter en bolsas para donar. Encima de todo estaba ella: la cazadora vaquera de mi padre. Vieja, pesadota, con el cuello de borreguito sintético amarillento y los codos gastados, casi pelados.

La había llevado años y años. Era rígida, con ese peso que tienen las prendas que han visto demasiada vida. Y olía fuerte: tabaco barato mezclado con desinfectante de hospital, el olor de los últimos meses.

—Fuera —murmuré, agarrando el cuello para tirarla a una bolsa negra.

Y entonces, bajo el radiador, la sombra estalló.

Tomás, el gato de mi padre, quince años y cara de haberlo aguantado todo, salió disparado como un rayo gris. No fue un bufido normal. Fue casi un grito: un sonido ronco, profundo, de los que te cortan el gesto a mitad. Sus uñas me dieron en el dorso de la mano antes de que yo pudiera reaccionar. Solté la cazadora y di un paso atrás, mirando esas líneas finas de sangre que aparecieron de golpe.

Tomás siempre había sido manso. Un gato silencioso, de esos que están y no están, que pasan el día durmiendo en algún rincón. Pero ahora estaba encima de la cazadora con la espalda arqueada, el pelo erizado y los ojos —ya algo velados— clavados en mí. No la defendía como si fuera su presa. La defendía como se defiende a un hijo.

Me quedé quieto, apretándome la mano. Cuando vio que no volvía a tocarla, se fue desinflando poco a poco. Bajó la tensión como si el cuerpo se le rindiera. Puso una pata sobre la tela, dio tres vueltas con esa solemnidad absurda de los gatos y se dejó caer, pesado, justo en el centro. Hundió la nariz en el cuello.

Y empezó a amasar.

Una patita, la otra. Una, otra. El gesto lento y terco, acompañado de un ronroneo grave que llenó el silencio de la habitación vacía.

Se me cerró la garganta, porque esa imagen yo la conocía.

En los últimos meses, cuando mi padre ya no tenía fuerzas ni para levantarse del sillón, llevaba esa cazadora puesta dentro de casa. Siempre tenía frío. Y Tomás se tumbaba así, exactamente así, sobre su pecho. Horas.

Cuando el dolor lo inquietaba o la tos le sacudía el cuerpo, Tomás le amasaba con suavidad, justo en el mismo sitio, como si supiera dónde dolía. Una vez mi padre me dijo, con una media sonrisa:
—Es el único médico que no me pasa factura. Y escucha mejor que tú, hijo.

En su momento me dolió. Ese día, en aquel cuarto vacío, lo entendí.

No podía tirar la cazadora. Pero tampoco podía llevármela así. El olor era demasiado intenso, demasiado vivo. Mi cabeza práctica se encendió otra vez: lavado higiénico. Sesenta grados. Limpia. Y entonces sí, que se quedara con ella.

Esperé a que Tomás fuera al cuenco del agua, agarré la cazadora y me fui al baño. La metí en la lavadora, eché detergente y le di a empezar. Entró el agua, el tambor empezó a girar.

Un arañazo en la puerta me hizo pegar un salto.

Tomás estaba allí. Miraba el ojo de buey. Veía el vaquero azul y el cuello claro girando en el agua.

Y se quejó. No era un maullido. Era un lamento largo, bajo, como si le arrancaran algo por dentro. Se lanzó contra la lavadora, arañó el cristal, resbaló, lo intentó otra vez.

Lo estaba buscando. Creía que mi padre estaba ahí dentro. O peor: sentía que lo único que quedaba “vivo” de él —su olor— se estaba yendo por el desagüe.

Vi la espuma subir. Me imaginé el agua llevándose el tabaco, el sudor, el aftershave, todo. Cuando terminara, sería solo una prenda limpia. Un trozo de tela cualquiera.

Limpia para mí. Vacía para él.

—Joder… —se me escapó.

Desenchufé la lavadora. Se paró en seco. Busqué como pude la apertura de emergencia hasta que la puerta cedió con un clic. El agua se desparramó por el suelo, pero me dio igual. Saqué la cazadora: pesada, empapada a medias. El detergente todavía no había hecho del todo su trabajo.

La escurrí como pude sobre la bañera y la llevé al salón. La dejé en el suelo, húmeda, fría.

Tomás no esperó ni un segundo. Le dio igual el agua. Se subió encima, buscó el trozo más seco del cuello y metió la cara ahí, como si pudiera volver atrás el tiempo. Lamió la tela, como si estuviera arreglando el daño, como si pudiera devolverle algo a ese olor.

Nos quedamos mucho rato así, en el suelo. Yo, el hijo que quería controlarlo todo. Y Tomás, el guardián fiel.

Hoy Tomás vive conmigo. La cazadora está en un cesto, en un rincón de mi despacho. Nunca la lavé. No huele bien, no voy a mentir. A veces viene alguien, arruga la nariz y pregunta qué es ese olor raro. Yo sonrío y digo que es “vintage”, que esas cosas son así.

Pero por la noche, cuando trabajo, lo oigo. El rascar rítmico de las uñas sobre el vaquero. El ronroneo profundo. Tomás está allí, con los ojos cerrados, la cara enterrada en el cuello. Se le ve en paz.

Ya no espera a mi padre. Yo creo que, mientras ese olor exista, mi padre no se ha ido del todo para él.

Y cuando lo veo abrazado a esa tela vieja, lo envidio casi. Él se quedó con algo que yo, entre el funeral y los papeles y el cansancio, perdí sin darme cuenta: se tomó el tiempo de echarlo de menos.

Descubre más historias bonitas con Cosas Que Te Hacen Pensar.

06/11/2025

En una estación pequeña del sur de Santiago, Chile, había un gato naranja, flaco y con la oreja derecha partida, que todos conocían. No tenía collar, ni nombre fijo —algunos le decían “Chico”, otros “Pelusa”, los choferes simplemente lo llamaban “el pasajero”—, pero tenía una costumbre que lo hacía especial: subía a los autobuses.

No a todos. Solo a algunos. Y nunca para quedarse. Se sentaba en los asientos de atrás, observaba en silencio durante unas tres o cuatro paradas, luego bajaba solo. Volvía a la estación, se acurrucaba al sol, y esperaba el siguiente.

Los conductores bromeaban:
—Este gato tiene más recorrido que nosotros.
—Capaz que sepa más de la ciudad que el alcalde.

Pero un día, una pasajera nueva se fijó en él. Se llamaba Jimena, era bibliotecaria, y estaba pasando por un momento muy oscuro. Su madre había mu**to hacía un mes, su pareja la había dejado y cada día ir a trabajar le costaba el alma.

Cuando lo vio por primera vez, el gato estaba subido en el asiento de atrás, mirando por la ventana. Ella se sentó cerca.
—¿También estás escapando? —le preguntó en voz baja.

El gato no contestó, claro. Solo la miró. Y luego, cuando el bus llegó a la quinta parada, se bajó.

A la semana siguiente, volvió a verlo. Misma hora, mismo bus. Se sentó más cerca.
—¿Sabes? Yo solía tener un gato. Se llamaba Dante. Murió hace tres años… Nunca más quise otro.

El gato se acomodó, cerró los ojos y pareció dormir.
Jimena sonrió.
—Está bien. Tampoco te pedí consejos.

Durante meses, el encuentro se repitió. El gato subía, ella lo encontraba, le hablaba. No sabía si era el mismo cada vez, pero quería creer que sí. Poco a poco, comenzó a escribir de nuevo. Pequeños cuentos. Historias sobre gatos que viajaban en autobús y llevaban mensajes secretos. Incluso uno en el que el gato era una reencarnación de su madre, cuidándola en silencio.

Un día lluvioso, el gato no apareció. Ni esa semana. Ni la siguiente.

Jimena sintió una punzada. Preguntó a los conductores, a los vendedores de la terminal.
—Lo atropellaron —dijo uno con pena—. Cruzó apurado entre los buses. Algunos lo vieron irse hacia el parque viejo. Tal vez buscó un lugar tranquilo.

Jimena fue al parque. Lo recorrió entero. No encontró al gato, pero dejó un cuento doblado dentro de una caja de cartón vacía. Era la historia de una mujer que encontró la esperanza en los ojos de un animal callejero.

Días después, en la biblioteca, una niña se acercó con el papel en la mano.
—¿Esto lo escribió usted? Lo encontré en una caja. Es bonito. ¿Tiene más?

Jimena sonrió.
—Tengo muchos. Pero ese es el más importante.

Un año después, su primer libro fue publicado: “El pasajero invisible”. Dedicado a “un gato sin nombre que me enseñó que a veces, los que parecen irse… solo están ayudándonos a llegar”.

20/10/2025

UN PERRO CON EL VIENTRE ABIERTO.

Se hallaba San Martín de Porres enfrascado en la tarea de deshilachar una sábana vieja cuando su compañero, fray Francisco Guerrero, entró en la humilde habitación.

​—¿Hay algún herido ? —preguntó el hermano lego, extrañado por la labor.

​Martín levantó la mirada, dibujando una alegre sonrisa:

​—En este momento no, fray Francisco, pero no tardará en llegar alguien que tendrá gran necesidad de estas hilachas.

​Fray Francisco no tuvo tiempo de perderse en conjeturas. Apenas unos minutos después, irrumpió en la estancia un gran perro, visiblemente malherido. El animal tenía una terrible laceración en el vientre, de la que le colgaban los intestinos.

​El perro se acercó a Martín, le hizo fiestas con familiaridad, y pareció pedirle ayuda como un viejo amigo.

​—Ahora verá cómo estas hilachas son útiles para este pobre animalito, que también es criatura de Dios —dijo Martín.

Con delicadeza, colocó de nuevo en su sitio los órganos expuestos y procedió a coser la herida.
​Acto seguido, preparó un lecho improvisado con una piel de carnero y una tela gruesa, y ordenó al herido que permaneciera inmóvil.

​El perro, dócil y obediente, se prestó a todo el tratamiento como si comprendiera. Martín lo retuvo durante varios días, alimentándolo y curando su herida, hasta que el animal se recuperó completamente.

​Al verlo sano, Martín le dijo con afecto:

​—Ahora vete, y regresa a trabajar para tu patrón.

​Y el perro, con la misma obediencia con que había seguido las órdenes del médico durante la curación, obedeció a su bienhechor, que le daba el alta, y regresó al servicio de su dueño.

​— Florecillas de San Martín de Porres.

17/10/2025

El motorista frente a mí en el metro estaba llorando 😿🚇. No solo unas lágrimas — sollozaba de verdad, abrazando contra su pecho a un pequeño gatito naranja y blanco 🐱❤️.

Su chaleco de cuero estaba cubierto de parches, sus manos eran ásperas y gastadas, y su barba, canosa. Debía tener al menos 65 años, quizás más. Y estaba completamente destrozado.

Todos a su alrededor fingían no ver, ese gesto tan típico de las grandes ciudades donde se mira a todas partes menos a la persona que está viviendo un momento difícil. Pero yo no pude apartar la mirada. La forma en que sostenía al gatito —con tanta delicadeza, como si fuera de cristal— me apretaba la garganta. El pequeño ronroneaba tan fuerte que podía escucharlo por encima del ruido del metro 💨🐾.

La mujer a su lado —demasiado arreglada para ir en metro, con su traje— lo miraba con desdén 😒. Finalmente, se levantó y fue a sentarse más lejos, negando con la cabeza.

Entonces el motorista levantó la vista, con las lágrimas corriendo por su rostro, y dijo algo que hizo callar a todo el vagón:
«Lo siento», murmuró con voz rota. «Yo… no había sostenido algo tan pequeño y vivo en cuarenta y tres años.»

Nadie respondió al principio. El metro siguió su camino. El motorista se secó los ojos con una mano, mientras con la otra acunaba al gatito, que presionaba sus patitas contra su pecho, completamente feliz 😿💛.

No sé por qué lo hice, pero me senté a su lado. «¿Está bien, hermano?», le pregunté suavemente.
Me miró con los ojos enrojecidos y soltó una risa temblorosa. «No… no mucho. Pero quizá lo esté algún día.» Acarició la cabecita del gatito con un dedo.

«Lo encontré en un contenedor frente al hospital… sentado en una caja de cartón, llorando desconsolado. No debe tener más de unas semanas.»

«¿Te lo vas a llevar contigo?», pregunté.
«No tengo casa», respondió sin dudar. «Hace tres años que duermo en la calle… Perdí mi apartamento cuando ya no pude trabajar —la espalda destrozada, las rodillas rotas después de un accidente de moto. Pero sí, me lo voy a llevar. No puedo dejar que muera.»

El gatito se frotó contra su cuello. El rostro del motorista se contrajo otra vez 😢.
«Perdón… no sé por qué no puedo dejar de llorar.»

Entonces le pregunté suavemente: «¿Qué pasó hace cuarenta y tres años?»

Guardó silencio un largo rato. El metro se detuvo en una estación. El gatito permaneció acurrucado contra su pecho, ronroneando como un pequeño motor 🐾💛. Finalmente, el motorista habló:

«Mi hija nació hace cuarenta y tres años. El 14 de septiembre de 1980… Pesaba cinco libras y dos onzas, y tenía un pequeño mechón de pelo rojizo, como este gatito.»

Su voz se quebró. «La tuve en mis brazos diecisiete minutos. Eso fue todo. Diecisiete minutos antes de que sus abuelos se la llevaran… Dijeron que no era apto para ser padre… Se aseguraron de que nunca la volviera a ver.»

Contó los años de búsqueda, las cartas devueltas, las esperanzas rotas, y cómo su hija, hoy de cuarenta y tres años, creía que él había mu**to 😿💔.

El gatito se frotó contra su barba. Él volvió a llorar. «Este pequeño empezó a llorar en esa caja, y escuché el mismo sonido… el mismo llanto que tenía mi hija al nacer. Y simplemente…»

Completé: «Lo tomaste en tus brazos.»
«Lo tomé, y dejó de llorar. Me miró con esos ojos enormes y empezó a ronronear. Y pensé… tal vez esta vez pueda mantener con vida algo. Tal vez pueda servir para algo.»

Soltó una risa amarga 😔. «Estúpido, ¿no? Soy un vagabundo, tengo quince dólares en el bolsillo, y adopto a un gatito que ni siquiera puedo alimentar…»
«No es estúpido, es amor», le dije 💖.

En menos de dos minutos, seis desconocidos del metro le ofrecieron dinero para alimentar y cuidar al gatito 💵🐱. El motorista tenía casi doscientos dólares en las manos, llorando más fuerte que nunca, con el gatito aún acurrucado contra su pecho 🥹.

«Cuídalo bien», le decían. «Dale el amor que no pudiste darle a tu hija.»

El motorista asintió, incapaz de hablar. «¿Lo oyes, pequeño? Ahora estás conmigo. Voy a cuidarte. Te lo prometo.»

Cuando bajé en mi estación, él seguía allí, sosteniendo a Hope contra su pecho, rodeado de completos desconocidos dispuestos a ayudar. Durante cuarenta y tres años, había llevado solo el peso de la pérdida. Pero ese día, con un gatito que lo necesitaba y extraños que vieron su corazón 💛, quizá por fin entendió lo que todos podíamos ver: era el padre que su hija merecía.

Y ahora tendría la oportunidad de demostrarlo —aunque fuera con un pequeño gatito naranja y blanco rescatado de una caja 🐱✨.

A veces, la familia que salvamos es la que nos salva a nosotros ❤️.

Créditos al Autor.
Vía: La casa del saber

13/10/2025
02/09/2025

Durante 12 años, estuve a cargo de 3 “padres” diferentes en una pequeña isla de las Bahamas 🏝️🐾. Cuando la última “mamá” se mudó con su novio… y un p-e-r-r-o 🐕, tuve suficiente. Decidí que prefería vivir bajo la antigua casa y probar suerte. Y allí me quedé 3 largos años. Sobreviví al calor, al frío, a las lluvias torrenciales — incluso a los huracanes 🌪️☔.

A veces me sentía solo, así que salía a la calle en busca de un poco de atención 🐈‍⬛💔. Todos en la isla me conocían. Muchos pasaban delante de mí. Algunos me acariciaban, y dependía de las “cat ladies” locales para alimentarme 🍽️. Pero me cansé de vivir debajo de esa casa. Entonces me convertí en el gato infernal de la isla… o “el gato demoníaco”, como me llamaban algunos locales 😼🔥.

Los perros eran mi diversión favorita. Perseguía a los grandes para morderles las nalgas, o me subía encima de los pequeños para montarlos 🐶😂. Un día decidí pelear con dos Jack Russell y un Golden Retriever. Pobres perros… gané 😎. Cuando me detuve frente a la iglesia, cubierto de sangre, mi vida cambió. Me llevaron al veterinario 🏥.
¿Al final? Solo una pequeña mordida en una pata – ¡la sangre ni siquiera era mía! 😼🩸

No querían un gato NARANJA 🍊, y mucho menos un macho grande de 25 libras después de haber adoptado dos pequeñas hembras carey 🐾. Pero a pesar de eso, me aceptaron… al menos hasta que mis puntos sanaran. Creo que al principio les intimidaba un poco, y no los culpo. Era un gato grande con una reputación temible 😅🐈‍⬛.

Pero abrí la puerta mosquitera de su apartamento, me tiré al suelo… y los conquisté 💕. Y ahí empezó la mejor parte de mi vida ✨.
Me mostraron amor y me mimaron sin medida. Cepillado todos los días. Golosinas de pescado fresco por la tarde 🍣. Y un lugar cálido y seguro para dormir por la noche – acurrucado contra ustedes, bajo sus brazos 🛏️💖.

Cuando dejaron las Bahamas, me llevaron con ustedes 🚤✈️🚗. ¡Mi primer viaje en barco, en avión y después por carretera a través de Estados Unidos!
¿Cuántos gatos bahameños pueden decir que cruzaron 22 estados? 🇺🇸😸 ¡Me encantaban esos viajes!

¿No era yo el más juicioso en el camino? Usaba mi arenero antes de salir, comía y bebía en las paradas, y saltaba a mi transportín en la entrada de los hoteles 🧳. Y durante los trayectos, me acomodaba en sus piernas, muy tranquilo 🥰.

Hasta tuve la suerte de volver dos veces a la isla… ¡como turista! 😎🏝️

El condominio en el estado de Washington era agradable. Me gustaban los raros días soleados en el balcón 🌞, pero la humedad y el frío despertaban mi artritis y mi displasia de cadera 😓.
Me aceptaron, incluso viejo, y después descubrieron que era diabético y me dieron inyecciones costosas dos veces al día 💉💔. Pero hicieron todo por mantenerme sano, incluso ayudarme a bajar a 17 libras.
Si hubiera seguido siendo un simple gato callejero en las Bahamas, probablemente ya no estaría aquí desde hace mucho…

Cuando me llevaron al desierto (Palm Springs), por fin estaba en casa ☀️🌵. Sol, aire seco… casi me sentía curado. ¿Mis recuerdos más hermosos? Dormir en la terraza, bajo el sol, mirando a los pájaros y a los lagartos 🐦🦎.

Me entendían cuando gritaba para que me ayudaran a subir. Me compraron una rampa para la cama. Me cuidaron, me mimaron y me amaron. Y gracias a ustedes, me convertí en el gato más dulce, más cariñoso y más inteligente que jamás conocieron 💕🐾.

Los recibía en la puerta, saludaba a sus amigos, los seguía a todas partes, y dormía entre ustedes dos por la noche, lo más cerca posible. Era feliz. Y ustedes lo sabían. Mi ronroneo era tan fuerte que a veces los despertaba 😴😺💞.

Y cuando mi cuerpo ya no respondía… me amaron hasta el final, a pesar de los dolores y los accidentes. Y cuando llegó el momento de decir adiós, lloraron, pero sabían que era la mejor decisión 💔. Me fui en paz, rodeado de amor 💫.

Sé que siempre estaré en sus corazones… como ustedes estarán siempre en el mío 🧡.

Gracias por haber recogido a un viejo gato callejero. Hicieron que mis últimos 6 años fueran los más hermosos de mi vida. Y los amaré por siempre.

Con amor,

12/06/2025

Apoyo total a Azucena y su casa de acogida!!

Dirección

Colima
28060

Página web

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando La Gorda y su pandilla publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Compartir