22/04/2026
Cuando arranqué Forno tenía muchas incertidumbres. Discutía con Pablito los sí y los no, pero en realidad lo usaba para escuchar en voz alta mi propio alegato mental.
No estaba segura de la cocina como mi verdadera vocación. Aprendí con el tiempo, me obsesioné con distintas recetas y esas obsesiones se volvieron mis especialidades.
El tema central de mi alegato era mi necesidad de libertad. Estaba cansada de no tener el control de mi tiempo. Spoiler: de a momentos lo conseguí, pero hay otros en que la Mariana cocinera no me da paz.
La incertidumbre está ahí, detrás de mi oreja, y aparece cada tanto para susurrarme que hay otra persona habitándome.
Empecé a cocinar de muy chica. Vengo de abuelas y bisabuelas que alimentaron demasiadas bocas. Pasé mucho tiempo de mi niñez con ellas y, como me aburría fácil, mantenerme con las manos ocupadas me calmaba, y me calma. Cocinar calla voces.
Así aprendí a cocinar, o a comunicar, o a demostrar.
También tuve una madre sin tiempo para cocinar. Entonces, con 9 años empecé a hacer las compras; ya con 10 hacía milanesas; con 11, salsas, ñoquis, zapallitos rellenos… todo lo que me gustaba a mí.
No paré nunca. Empecé a hacerlo como algo que era parte de mí. La Magui cocina.
No lo vi nunca como una opción de trabajo hasta que, en el primer año de la carrera de abogacía, rindiendo un parcial, los nervios me atacaron como perro a los tobillos, a tal punto que tuve que salir a vomitar y volver a entrar con los ojos rojos de las arcadas.
Ese fue mi último parcial.
Tenía que escapar, y la Tecnicatura en Gastronomía fue el auto al que me subí. Arranqué el camino de la gastronomía como trabajo, un destino que parece lindo y atractivo. Pero las desmesuradas horas de trabajo se apoderan de tu cuerpo entero, como un traje destartalado y mal cosido que te ponés todos los días.
Forno es mi intento por ganarle al mundo laboral de la gastronomía. Porque me sale bien, sí, pero mi tiempo no es algo que me guste regalar ni ofrecer como un vaso de agua.
En ese intento empezaron a aparecer otras cosas. Mis manos aprendieron a hacer cosas por sí solas. Ya no pueden ayudarme a callar esas voces.
Todavía recuerdo la conclusión de mi alegato con Pablito:
No sé si esto es lo que quiero para siempre. Pero lo tengo que hacer. Porque esto me va a llevar a algún lugar que desconozco, pero tengo que ir, tirada de una oreja.
Estoy, de a poco, viendo tierra, pero está nublado, así que no estoy muy segura de que sea ahí donde quiero llegar.
Si llegaste hasta acá, gracias por leerme.
Y si alguna vez me compraste, gracias por acompañarme en este proceso.